Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954) fue profesora de literatura en la Universidad del País Vasco y ahora es profesora de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Como investigadora su campo de estudio es la literatura medieval es­pañola y la cultura sefardí.

En el ámbito de la narrativa de ficción obtuvo el Premio Herralde de Novela en 1992 con El sueño de Venecia y fue finalista del Premio de la Crítica con La tierra fértil. También ha publicado cuentos, y narrativa autobiográfica como Una ciudad llamada Eugenio o Como un libro cerrado.

Este año ha publicado Lo que aprendemos de los gatos, un ensayo sobe su, y nuestra, relación con los gatos; una disquisición extensible a esa relación descompensada entre humanos y mascotas.

Lee nuestra reseña de Lo que aprendemos de los gatos

El libro comienza con el hueco que deja en tu vida el fallecimiento de una gata. ¿Es un luto diferente el que sentimos por una mascota?

Lógicamente. Por decirlo bastante a lo bruto, nadie siente lo mismo cuando se le muere su madre que cuando se le muere su gato. Por otra parte, la vida de los animales de compañía suele ser más corta que la nuestra; eso quiere decir que todos los que tenemos animales sabemos que en un momento u otro los perderemos (a menos que nos muramos nosotros antes, lo cual es peor).

Pero el sentimiento del duelo por un animal, la conciencia de la pérdida, la punzada de dolor cuando pensamos que no veremos más a ese ser con el que hemos compartido tantas horas, el valor evocador de los objetos que quedaron tras su muerte, todo eso es común a cualquier pérdida y puede convertir la muerte de un animal en una metáfora de nuestros sentimientos ante la muerte (ante cualquier muerte) y, por tanto, ante la vida. Eso es lo que he querido expresar en las páginas iniciales de este libro.

 

Es un tratado breve; ¿es un reflejo de la capacidad de atención de los gatos, o de los humanos de hoy en día?

Más bien es un reflejo de mi forma de escribir. Con alguna excepción, la mayor parte de mis libros son bastante cortos, muy concentrados. Tardo mucho en escribirlos, pero el resultado no suelen ser cantidades ingentes de páginas. Creo que es porque procuro decir lo que creo que tengo que decir de la manera más sobria posible, sin agotar el tema dándole inútiles vueltas, incluso incitando al lector a completar él mismo, con su propia reflexión, lo que está sólo apuntado en el libro.

 

Ahora me he hecho el firme propósito de escribir con más asiduidad y no dejar pasar tanto tiempo entre una obra y la siguiente.

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¿Crees que la preferencia de algunas personas hacia los gatos como mascotas denota alguna característica de su personalidad?

La mejor prueba de ello es que hay gente «de gatos», gente «de perros» y algunos (menos) «de perros y de gatos». El que uno prefiera la convivencia con un tipo de animal u otro está relacionado con muchos factores, entre ellos nuestra propia forma de ser.

Quien elige poner un gato (o más) en su vida tiene que estar dispuesto a aceptar que se trata de un animal capaz de ser muy cariñoso y muy dócil, pero que es siempre independiente, nada sumiso, con el cual la convivencia es fruto de un pacto; el gato se adapta a nosotros, pero nosotros nos adaptamos también a él. Esas características constituyen su mayor encanto… para las personas a las que les gustan los gatos; y su mayor inconveniente para quienes prefieren tener con los animales otro tipo de relación, en la que el ser humano ejerza el papel dominante.

 

Muchas personas que conviven con gatos comentan como esas miradas fijas e intensas que descubrimos vigilando nuestro comportamiento nos hacen ser más autocríticos; comentas en el libro cómo los gatos alteran nuestra manera de relacionarnos con los demás, ¿también crees que cambian nuestra relación con nosotros mismos?

Sí, por supuesto. La convivencia con un animal (en este caso son gatos, pero podría decirse lo mismo de los perros) nos obliga a cambiar nuestras pautas de comportamiento y a acomodarnos a una nueva forma de vivir. Podemos experimentar ese proceso de forma digamos pasiva, dejándonos llevar por el curso de los acontecimientos, pero también podemos utilizar la experiencia para reflexionar sobre nuestra propia vida, sobre nuestras relaciones con el entorno y con otros seres.

En una crítica reciente, el crítico decía «no estoy de acuerdo con la autora en que [los gatos] nos lo enseñen, sin más: es nuestra propia atención, derivada del amor, la que detecta esas cualidades (aspiraciones humanas, en realidad) de las que el animal no es consciente». Creo que tiene razón: el título Lo que aprendemos de los gatos es, en realidad, irónico; no se trata de lo que los gatos nos enseñan, sino de lo que podemos aprender de nosotros mismos a través de la convivencia con los animales.

 

Acabas de rescatar en digital tu primera obra. ¿Ves en ese formato una opción para recuperar lo que las ediciones en papel no quieren arriesgar?

Sí, creo que el libro digital puede ser una buena opción para poner a disposición de los lectores obras que de otra forma no se publicarían. Es, por ejemplo, un formato ideal para que los autores noveles, que tienen difícil acceso al mercado editorial, publiquen sus primeras obras, incluso por la vía de la autoedición. Y puede convertirse también en una manera de recuperar obras inencontrables, que probablemente no tendría demasiado sentido volver a producir y distribuir en papel, pero que pueden alcanzar una nueva vida y unos nuevos lectores en formato digital.

Es lo que ha sucedido en este caso: mi primer libro de relatos, que apareció en 1973, ha resucitado cuarenta años después a través de un medio que entonces no podíamos ni soñar con que existiese, lo que facilita que llegue incluso a unos lectores que entonces no habían nacido.

Aunque a los lectores asiduos creo que sigue gustándonos más el libro en papel, el libro electrónico tiene también una función importante, sobre todo por su fácil y rápida producción y distribución a todo el mundo. Exportar a otros países libros en papel tiene unos costes de transporte y almacenamiento que a veces incrementan el precio, dejándolos fuera del alcance de muchos lectores, o que directamente impiden que el libro llegue a muchos sitios; pero el libro electrónico es accesible con un clic, a un precio asequible, para muchos que no podrían acceder a un libro producido en otro país. Así la literatura rompe fronteras y puede llegar con facilidad y rapidez a lectores más lejanos.

 

¿Para cuándo tu próxima obra de ficción?

Eso es difícil de predecir, sobre todo teniendo en cuenta que mi ritmo de producción no es precisamente frenético: desde 1985 hasta 2014 he publicado sólo siete libros, lo cual da una media de más de cuatro años entre libro y libro. A alguno, como La tierra fértil, le dediqué siete años de trabajo (más que un libro, parecía una condena). Y entre mi último y mi penúltimo libro han pasado nueve años, sobre todo porque en este tiempo he estado más dedicada a la investigación sobre la cultura sefardí que a la creación literaria.

Ahora me he hecho el firme propósito de escribir con más asiduidad y no dejar pasar tanto tiempo entre una obra y la siguiente. Pero, de todas formas, creo que transcurrirá algún tiempo antes de que vuelva a publicar otro libro, entre otras cosas por una razón: si lo que estoy escribiendo no me satisface, simplemente lo guardo en un cajón y no lo publico. Sólo mando a la editorial lo que realmente creo que está terminado y me convence plenamente (otra cosa es que convenza o no a los lectores, claro).

 

Portada de la primera edición de Lo que aprendemos de los gatos
Lo que aprendemos de los gatosPaloma Díaz-Mas
  • Anagrama
  • 2014
  • 978-84-339-9780-7
  • Español
  • Novela
  • 128pp.

Los seres humanos –piensan el gato– tienen una irremediable tendencia a entender las cosas al revés. Por ejemplo, si ven un libro que se titula Lo que aprendemos de los gatos, probablemente creerán que trata de lo que los humanos pueden aprender acerca de los gatos, para conocerlos mejor (cosa que, dicho sea de paso, tampoco estaría de más); sin embargo, para cualquiera que sea capaz de pensar con claridad, resulta evidente que Lo que aprendemos de los gatos significa otra cosa: lo que los humanos pueden aprender a partir de los gatos, es decir, lo que los gatos pueden enseñarles.

Este tipo de errores se producen porque los humanos parten de la absurda creencia de que son animales superiores, cuando todo el mundo sabe que los animales superiores son los gatos. Los gatos –piensa la autora de este libro– tienen mucho que enseñarnos, pero para ello hace falta que estemos atentos y dispuestos a aprender. Son cariñosos, pero nunca sumisos, así que nos enseñan a pactar nuestra convivencia día a día. Confiados sólo si sabemos ganárnoslos poco a poco, ejercitando la virtud de una conquista paciente. Domésticos e independientes, como fieras aclimatadas a nuestro hábitat. Los creemos indefensos, pero en realidad están mucho más preparados para sobrevivir que nosotros.

Bajo su piel de seda se ocultan las garras de una fiera y un cuerpo atlético envidiable. Y, cuando los vemos jugar, exhibiendo su magnífica forma física, o dormir plácidamente sobre nuestro sillón favorito (sí, ese sillón donde los gatos nunca nos dejan sentarnos) envidiamos también su capacidad para vivir intensamente ese instante; sin atormentarse, como hacemos nosotros, por un pasado que ya no existe y un futuro que tal vez no llegue.