Elvira Navarro  (Huelva, 1978) ha publicado tres novelas, La ciudad en invierno (2007), La ciudad feliz (2009), Premio Jaén de Novela y Premio Tormenta y este año, en Literatura Random House, ha visto la luz La trabajadora.

 

En tus novelas las obsesiones, manías persecutorias, miedos, están muy presentes ¿son temas que te interesan o que no puedes evitar?

La obsesión nos estructura a muchos. Es el mejor mecanismo para no resolver nunca nada. Lleva a la parálisis, a la muerte en vida. Creo que muchos fracasos pueden explicarse por las obsesiones. La manía persecutoria es un tipo de obsesión. El miedo, en cambio, es algo más básico, aunque alcanza lo bajo y lo alto. Me explico: está ligado a la supervivencia según la ciencia, pero también, y esto no lo aclara la ciencia, hay un miedo desligado de las situaciones de peligro, pero que nos acompaña; una suerte de miedo metafísico. Este segundo tipo de miedo es un misterio. En la medida en que la narrativa se hace cargo de conflictos, y de que estos conflictos suelen vehicularse a través de personajes, es casi inevitable hablar de obsesiones y miedos en casi cualquier ficción. Yo no soy una excepción.

Pareces tener una fascinación por Madrid, ¿es esa ciudad en concreto o son las grandes ciudades en general?

Me ocurre con los espacios lo mismo que con las personas: que hay encaje o no lo hay. Con esto te contesto a si me sucede lo mismo con todas las grandes ciudades en general: no. Hay ciudades en las que no me siento cómoda. Con Madrid el amor es y sigue siendo duradero por motivos que tienen mucho que ver con mi biografía. Me eduqué viendo La bola de cristal, que era un producto de la movida. He sido siempre fan de Almodóvar, en cuyas pelis veía un Madrid que me fascinaba. Conocí de adolescente a algunas personas de Madrid que me enseñaron que podía vivir de otro modo. Y en fin, todo ello y algunas cosas más fue generándome la necesidad de venirme a Madrid. Es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida: todavía hay muchos días que salgo a caminar por la ciudad con una sensación de amor absoluto hacia sus calles y con la certeza de no querer estar en ningún otro lugar. Más allá de lo biográfico, te diría que los espacios, y no sólo los urbanos ni los que me gustan, me llevan a escribir. Todos mis libros salen de espacios que la memoria ha elaborado a su gusto y que piden ser nombrados, recorridos, en la escritura. Podría además darte razones que llevarían a pensar que el protagonismo de la ciudad en mis libros es algo premeditado; sin embargo, y aunque a menudo lo presento como una militancia, son razones elaboradas a posteriori, por reacción.

Mezclas lo autobiográfico con la ficción en esta novela sin que haya una frontera discernible para quien la lee ¿es algo natural para ti, o intentas provocar esa incertidumbre?

La novela parte de algunos elementos autobiográficos, pero no es autobiográfica. No es además mi intención generar incertidumbre, puesto que la cuestión de si lo que le pasa al personaje procede de mi biografía o no es baladí. No es de lo que trata el libro. En todos mis libros he acudido a mi memoria para construir los personajes, amén de que los conflictos que planteo son los que me ocupan, pero eso no es exclusivo de mí. Vargas Llosa lo cuenta muy bien en Cartas a un joven novelista, donde dice que toda novela es un striptease invertido del autor.

También varías las voces narrativas e incluso los modelos…

Domingo Valenciano Moreno me dijo en la presentación de La trabajadora en Sevilla que las diferentes voces del libro podían leerse como los heterónimos de Pessoa, y pensé que tenía razón. Las voces son distintas, pero no demasiado: funcionan como espejos. En cuanto al modelo, me han hecho varias lecturas: desde que es cervantina por contener historias muy delimitadas que podrían funcionar solas y por la autoconciencia textual, hasta que se acerca por momentos al thriller. Lo único que yo puedo decir al respecto es que traté de ser fiel a lo que me pedía el texto.

En las novelistas más contemporáneas hay una tendencia a la novela corta, al cuento, ¿es síntoma de esta generación digital?

No creo que se trate sólo de las novelistas. También muchos novelistas se decantan por textos más breves. No puedo contestarte con fundamento a si eso es consecuencia de lo digital. Creo en todo caso que lo digital ha modificado la vivencia del tiempo. En mi caso, ha dinamitado esas tardes en las que tenías tres horas sin nada que hacer, salvo leerte una novela. Y como dice Elena Medel: si quiero escribir, tengo que desenchufar el router.

¿Qué narradoras actuales te parecen más interesantes?

¿Por qué ceñirnos a las autoras? El otro día le leí a Esther García Llovet sobre la discriminación positiva que la discriminación nunca es positiva. No sé si estoy de acuerdo en todos los casos, pero sí en literatura, pues preguntar desde el género es negar la universalidad (a los hombres nunca se les pregunta desde su condición; se da por hecho que lo que escriben vale para todos). Dicho esto, las narradoras actuales que más me interesan son Lydia Davis, Ana Blandiana y Belén Gopegui.

Lee nuestra reseña de La trabajadora, última novela de Elvira Navarro.

Portada de la primera edición de La trabajadora
La trabajadoraElvira Navarro
  • Literatura Random House
  • 2014
  • 978-84-397-2806-1
  • Español
  • Novela
  • 160pp.

Elisa Méndez trabaja como correctora para un gran grupo editorial. Sus escasos ingresos la obligaron a mudarse a un piso al sur de Madrid, y para poder pagar el alquiler aceptó como inquilina, por recomendación de su amigo Germán, a su antigua colega Susana, una estrambótica e inmensa rubia con algunos problemas mentales que acaba de regresar de una temporada en Utrech. Susana es una artista que hace collages con trozos de mapas, pero que trabaja como teleoperadora. Elisa siempre está intentando sonsacar información sobre sus labores a Susana, aunque sea sólo para conseguir un trabajo similar con el que lograr llegar a fin de mes, pero nunca lo consigue. Años después, Elisa intenta poner punto y final a una novela que cuenta todo lo que vivió en el pasado. Sentada frente a su psiquiatra, le expone que necesita que la terapia le sirva de coda a su obra; y que su superación del miedo y su paranoia serán narradas como un capítulo final a partir de sus conversaciones. Pero la cuestión es, ¿y si no consigue superarlos? Entonces el libro, y la vida, tendrán que quedarse como están.