En un mundo donde las casas no solo son estructuras sino depositarias de las historias de sus habitantes, Carcoma de Layla Martínez se alza como una novela que te sumerge en las profundidades de un relato familiar marcado por el resentimiento y el horror. Publicada en 2021, esta obra se distingue por su atmósfera envolvente y una narrativa que, con su particular fluidez, te arrastra a un universo donde lo cotidiano y lo sobrenatural se entrelazan sin fisuras.
La trama nos introduce a una casa perdida en el páramo, un montón de ladrillos y mugre que se abalanza sobre quien atraviesa su umbral, secando las entrañas y haciendo que «se te caigan los dientes y el pelo y las carnes». Aquí conviven una abuela que se pasa los días hablando con las sombras tras las paredes y dentro de los armarios, y una nieta que regresa al hogar tras un incidente con la familia más rica del pueblo. Los vecinos, aunque reniegan de ellas a la luz del día, acuden a la abuela en secreto cuando necesitan algo. La abuela no es solo una anciana con presunta «demencia» —según las habladurías del pueblo—, sino una figura poderosa conectada con santos y difuntos que le revelan secretos y verdades ocultas.
A medida que la nieta intenta desenredar la historia de la casa, descubre que las sombras que la habitan siempre han estado de su lado. La casa, el cuarto personaje de la novela, lejos de ser un refugio, es una trampa, una maldición impuesta por el abuelo que las condena a vivir entre sus paredes, donde los que se van siempre acaban volviendo y nadie sale jamás. En este entorno opresivo, se hereda resentimiento y mala sangre, una carcoma que se pega a las tripas y no suelta.
A mí no puede engañarme ni con eso ni con nada, con eso porque lo vi y con lo demás porque conozco esa carcoma que tiene, esa comezón en el pecho como de caballo a punto de encabritarse pero que no acaba, no acaba, y al final no se desboca. Escuchadme a mí que yo os contaré lo que ella se calle, que no habéis venido hasta aquí para oír embustes, me da igual cómo se ponga.
La escritura de Layla Martínez en Carcoma es una de sus mayores virtudes, caracterizada por una prosa visceral, cruda y directa, que a menudo prescinde de la puntuación convencional para reflejar la intensidad de los pensamientos y las emociones de la narradora. La autora logra un equilibrio magistral entre el realismo más descarnado, que expone la miseria y la desigualdad social del pueblo y la explotación de los poderosos como los Jarabo, y el mágico realismo, donde los santos son «insectos gigantes, como mantis religiosas», y los muertos se esconden en las ollas o bajo las camas. La novela explora temas profundos como la venganza, el odio intergeneracional y la justicia que las mujeres de esta familia buscan con sus propios medios, como los atados. La comezón o carcoma del título encapsula perfectamente ese sentimiento de rencor heredado que se convierte en una forma de supervivencia y poder.
De todas formas lo peor no era lo que decían las mujeres, sino lo que hablaban los hombres. Eso no me lo contaba la Carmen porque esas cosas solo las dicen entre ellos. Eso me lo contaban los santos. Me decían que hablaban de lo que le harían, algunos con deseo y otros con eso que tienen muchos hombres por las mujeres, que piensan que es deseo pero que solo es odio
Carcoma es una lectura indispensable para quienes buscan una novela que trascienda los géneros, mezclando el horror gótico con la crítica social y el realismo mágico. Gustará especialmente a los lectores que disfruten de historias con personajes femeninos complejos y atormentados, inmersos en una atmósfera densa y opresiva. Si te atraen las narrativas que exploran los legados familiares, el resentimiento como fuerza motriz y la búsqueda de justicia fuera de las normas establecidas, esta novela te atrapará desde la primera página y no te soltará.