

Mañana seguiré viva

La libertad es terapéutica, y consiste en que alguien vea la sangre en tus manos, conciba tu dolor y baile contigo.
Linda Rams vive en Capri retirada de la vida pública. Quedan lejos los días en que los focos y los flashes deslumbraban a ese mito de la época dorada del cine. En la terraza de la suite del hotel en el que se aloja, junto a su amigo Lorenzo Belmonte —el periodista que pasó su vida desgranando sus anécdotas hasta trabar con ella una amistad inquebrantable—, la actriz recuerda las heridas que marcaron su juventud, las películas y el brillo que la convirtieron en una leyenda, los amores frustrados, la relación con su hija Silvia y las fisuras que la fama ocultó durante demasiado tiempo.
Tras el esplendor de lo público, la historia de Linda Rams está atravesada por un río torrencial, secreto y peligroso. Porque Mañana seguiré viva nos habla, con una gran sensibilidad y una prosa sugerente e hipnótica, sobre lo que nos contamos a nosotros mismos y lo que contamos a los demás, sobre la complejidad del ser humano, que es uno hacia fuera, cuando los otros observan, y otro hacia dentro; sobre la maternidad y sus sombras, sobre la culpa, sobre lo que queremos esconder y lo que preferimos ignorar, y sobre las familias que se forman en ocasiones con aquellos con los que no nos unen lazos de sangre.
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