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Los chicos de la Costa Azul

Los chicos de la Costa Azul

«Estábamos tan cerca el uno del otro que, de levantar un poco mi mano izquierda, no habría tenido el menor problema para tocarle el culo. Con todo, y a pesar de haber sido yo quien le fichó desde el principio de la noche, ahora sé que no me hubiera atrevido ni a rozarle. En cambio, sin hacer ruido, él había extendido el brazo hacia atrás, y ahora su palma tibia me acariciaba la cadera, mientras las yemas de sus dedos dibujaban diminutos arabescos sobre la tela de verano del pantalón de mi traje, en un roce sutil y excitante...».

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