

Chicharra

Hay un territorio sin nombre que no aparece en ningún mapa. Una zona que es apenas física, apenas psicogeográfica. Una latitud y una longitud solo visibles por un estrato concreto de la sociedad, ajena al resto de transeúntes, que evitan mirarla, que evitan pensarla, que evitan incluso soñarla.
Hay un tipo de terror en concreto que solo le sucede a algunas personas. Un horror mundano y caliente que se esconde a plena luz del sol, con el incesante canto de las chicharras como única e interminable banda sonora; con el de los grillos como antesala de la penúltima pesadilla. Es este el terror de los pobres y los desarrapados, de los que no pueden ir de vacaciones, pero tampoco pueden encender el aire acondicionado, de los barrios enteros sin luz eléctrica y del calor. La calor.
Esta antología de relatos (y poemas) transita precisamente por los caminos de este terror cruel, sudoroso y endémico del verano de la gente desfavorecida.
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